y entonces los besos ya no saben a nada,
el sol no es cálido
y no se atreve a arrancar el pálido de mi piel,
la lluvia no me empapa
ni me cala hasta los huesos transmitiéndome aquel escalofrío que algunos llaman amor,
y el mar ya no me apacigua pues la luz del faro se ha fundido
y las sombras ya no me cobijan pues no hay nadie a mi lado.
Los filos ya no cortan y los cuchillos no se clavan,
los insultos dilatan mis pupilas deseosas de escuchar alguno más,
las palabras amables resbalan por mi abdomen en forma de sudor,
un sudor gélido porque tus manos ya no lo acarician.
Mi corazón ya no bombea sangre solo escucho el eco
porque grita alguien desesperado por sentir algo,
algo nuevo o quizás algo que ya sintió antaño.
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