En la cocina de un tercer piso de la calle Angustias del centro de Madrid, había un reloj antiguo. A ella le encantaba ese maldito y polvoriento reloj, aunque su pareja llevaba años queriendo tirarlo.
era un reloj normal, pero el tiempo y el uso lo había hecho ligeramente particular en comparación con el resto de relojes de la casa. Tenía una pequeña disfunción: a las siete menos diez minutos de cada tarde, a la hora a la que el marido acostumbraba a llegar a casa, el reloj se paraba. El paso del tiempo se hacía insoportable. Y cuando el resto de relojes marcaban las siete en punto, éste echaba a andar de nuevo, un poco más deprisa de lo normal de tal manera que recuperaba la hora corriente y entonces, los segundos volvían a marchar a la velocidad adecuada.
Una noche el marido llego algo más tarde de lo habitual, algo más ebrio de lo habitual. El reloj aún no se había parado en todo el día.
Entonces, a las doce y cuarenta y nueve minutos de la noche, con el sonido de unas llaves sobre la mesa, el reloj se volvió a parar; y desde la casa de los vecinos se escuchaban golpes de la mano de un llanto prolongado. El tiempo se hacía eterno...
Cuando el llanto se apagaba echaba a andar de nuevo el reloj, un poco más deprisa -como cada tarde-, hasta que recuperaba la hora corriente y todo volvía a la normalidad como quien sana de una enfermedad momentánea.
Pronto llegarían las siete de la mañana y ambos saldrían a trabajar. Él la besaba y le recordaba que la quería mientras que ella maquillaba las magulladuras visibles frente al espejo para que sus compañeros no dijeran nada, pero ellos lo sabían.
Y es que no existe maquillaje para las heridas que quedan bajo la piel. Esa mañana ella se dio cuenta de que la felicidad no es más que aquella máscara de carnaval que viste la amargura frente al espejo de la sociedad.