Ella poseía la virtud de calmar mis
lágrimas
reflejando
un precioso tapizado color estrellas,
de clavar
sus ojos verde vidrio
en lo más
profundo de mi alma.
Ella podía
desnudarme
con las
manos metidas en los bolsillos,
mostrarme
una puerta al corazón
abierta de
par en par con cada sonrisa.
Ella me
mecía en sus laderas mientras
le acariciaba el pelo
y me dormía
con el canto de sus corrientes, ya apagado
por culpa de
aquellos que alguna vez la visitaron
pero nunca
mojaron los pies en sus orillas.
Ella no
robaba la luna del cielo ni la retenía
en el espejo
de su superficie porque no le hacía falta.
Ella era una
galaxia entera
con
estrellas, satélites y planetas propios;
y solitaria,
desierta y sin habitar,
estaba
dispuesta a entregase a aquel
que tuviera
el valor de bailar
con ella
toda la noche.
Ella besaba
con la fuerza del viento
que movía
los árboles de su ribera
y abrazaba
cálida con la energía de las luces
que Budapest
nos regalaba de madrugada.
Ella lloraba
y cuando lo hacía
subía la
marea que tapaba
las rocas
entre las que mi barco
se hallaba
encallado.
Ella cantaba
todo el Sabbath al ritmo de libertad sin fronteras,
sin kipás,
ni crucifijos en Semana Santa, ni ataques terroristas en Bruselas;
y murmuraba
entre las calles del barrio judío
en forma de
hojas resecas, quemadas por el odio.
Ella
habitaba hasta el rincón más olvidado,
era las
gotitas de humedad que quedaban atrapadas
en las
ventanas del hostal cuando hacía frío, y el calor de la melodía
en un
vientre pálido preñado de besos frente a la Ópera.
Era Tchaikovsky,
era Haendel,
era Vivaldi,...
Ella era música.
Ella nació en tierras germanas
y bajó despacito solo para venir a verme.
Era el cabello oscuro de las noches
y la rubia más bella a la mañana siguiente.
Ella continua su camino y mientras, yo espero
en la más silenciosa de las estaciones
y el eco arroja el llanto porque ella marcha
a morir al más Negro de los mares.
Ella era el Danubio,
y era hermosa,
pero no seré yo el único ni el último
