martes, 29 de marzo de 2016

"Ella era el Danubio"

Ella poseía la virtud de calmar mis lágrimas
reflejando un precioso tapizado color estrellas,
de clavar sus ojos verde vidrio
en lo más profundo de mi alma.

Ella podía desnudarme 
con las manos metidas en los bolsillos,
mostrarme una puerta al corazón
abierta de par en par con cada sonrisa.

Ella me mecía en sus laderas mientras le acariciaba el pelo
y me dormía con el canto de sus corrientes, ya apagado
por culpa de aquellos que alguna vez la visitaron 
pero nunca mojaron los pies en sus orillas.

Ella no robaba la luna del cielo ni la retenía 
en el espejo de su superficie porque no le hacía falta.
Ella era una galaxia entera 
con estrellas, satélites y planetas propios;

y solitaria, desierta y sin habitar,
estaba dispuesta a entregase a aquel
que tuviera el valor de bailar
con ella toda la noche.

Ella besaba con la fuerza del viento
que movía los árboles de su ribera
y abrazaba cálida con la energía de las luces
que Budapest nos regalaba de madrugada.

Ella lloraba y cuando lo hacía
subía la marea que tapaba
las rocas entre las que mi barco
se hallaba encallado.

Ella cantaba todo el Sabbath al ritmo de libertad sin fronteras,
sin kipás, ni crucifijos en Semana Santa, ni ataques terroristas en Bruselas;
y murmuraba entre las calles del barrio judío
en forma de hojas resecas, quemadas por el odio.

Ella habitaba hasta el rincón más olvidado,
era las gotitas de humedad que quedaban atrapadas
en las ventanas del hostal cuando hacía frío, y el calor de la melodía
en un vientre pálido preñado de besos frente a la Ópera.

Era Tchaikovsky,
era Haendel,
era Vivaldi,...
Ella era música.

Ella nació en tierras germanas
y bajó despacito solo para venir a verme.
Era el cabello oscuro de las noches
y la rubia más bella a la mañana siguiente.

Ella continua su camino y mientras, yo espero
en la más silenciosa de las estaciones
y el eco arroja el llanto porque ella marcha
a morir al más Negro de los mares.

Ella era el Danubio,
y era hermosa,
pero no seré yo el único ni el último
que le recuerde su belleza.



lunes, 7 de marzo de 2016

"mi Afrodita"

A veces lloro,
lloro las gotas de tinta que no escribo
y cuando reprimo el llanto
mis ojos se tiñen con el oscuro del grafito.

A veces grito,
grito a oscuras y en silencio,
y cuando callo
escucho tu voz en el recuerdo de mi mente.

A veces te despeinaba en la cama
solo para que mi espejo reflejara durante unos segundos más
tu imagen a la mañana siguiente
mientras te colocabas el pelo.

A veces lo nuestro
era algo más
que cerveza y cigarrillo,
a veces...

A veces me afeito
y afeito las penas
de un corazón arrugado
y anciano.

A veces te observo,
te observo rodeada
de los actores secundarios
de lo que una vez fue nuestra obra.

A veces tu ausencia me desesperaba
y me hacía tirar piedras
contra los pájaros
que habitan en tus árboles.

A veces te buscaba entre sábanas vacías
y cuando te encontraba
contaba los lunares al descubierto
que dejaba ver el corsé que nunca te pusiste.

A veces te mentía,
mentía por placer, por compromiso;
y entonces no veía los puentes
que poco a poco cada palabra destruían.

A veces nos queríamos,
llenabas mis armarios con tus recuerdos
y cuando marchabas a la mañana siguiente
regresaba el triste olor a madera seca.

A veces, solo a veces,
el fruto de mis pasiones tenía nombre y apellido.
Los griegos la llamaban Afrodita
y yo no la llamo
porque ya te has ido.