En la cocina de un tercer piso de la calle Angustias del centro de Madrid, había un reloj antiguo. A ella le encantaba ese maldito y polvoriento reloj, aunque su pareja llevaba años queriendo tirarlo.
era un reloj normal, pero el tiempo y el uso lo había hecho ligeramente particular en comparación con el resto de relojes de la casa. Tenía una pequeña disfunción: a las siete menos diez minutos de cada tarde, a la hora a la que el marido acostumbraba a llegar a casa, el reloj se paraba. El paso del tiempo se hacía insoportable. Y cuando el resto de relojes marcaban las siete en punto, éste echaba a andar de nuevo, un poco más deprisa de lo normal de tal manera que recuperaba la hora corriente y entonces, los segundos volvían a marchar a la velocidad adecuada.
Una noche el marido llego algo más tarde de lo habitual, algo más ebrio de lo habitual. El reloj aún no se había parado en todo el día.
Entonces, a las doce y cuarenta y nueve minutos de la noche, con el sonido de unas llaves sobre la mesa, el reloj se volvió a parar; y desde la casa de los vecinos se escuchaban golpes de la mano de un llanto prolongado. El tiempo se hacía eterno...
Cuando el llanto se apagaba echaba a andar de nuevo el reloj, un poco más deprisa -como cada tarde-, hasta que recuperaba la hora corriente y todo volvía a la normalidad como quien sana de una enfermedad momentánea.
Pronto llegarían las siete de la mañana y ambos saldrían a trabajar. Él la besaba y le recordaba que la quería mientras que ella maquillaba las magulladuras visibles frente al espejo para que sus compañeros no dijeran nada, pero ellos lo sabían.
Y es que no existe maquillaje para las heridas que quedan bajo la piel. Esa mañana ella se dio cuenta de que la felicidad no es más que aquella máscara de carnaval que viste la amargura frente al espejo de la sociedad.
domingo, 27 de noviembre de 2016
domingo, 28 de agosto de 2016
Migrañas
Cuando me da la migraña
Veo en lo más triste una razón para vivir,
Veo un punto de luz en la más absoluta de las oscuridades.
Cuando me da la migraña
Miro hacia arriba y creo poder abrazar las nubes,
Lo cual haría de no ser porque el día afuera es claro
Y esas nubes dentro de mi cabeza se hallan.
Cuando me da la migraña…
Cuando me da la migraña
Caigo en un sueño por no poder dormir
Y al despertar,
Al despertar me hallo cagando en un parque frente a un
letrero que dicta: “Perros No”.
Me vuelvo a sumergir en mis sueños de pirado
Y de repente…
De repente aparezco frente a un tigre enjaulado,
Es él el que me observa, el ser civilizado,
Es él el que está fuera de la jaula que nosotros hemos
creado.
Cuando me da la migraña…
Cuando me da la migraña escribo cosas como ésta
Y vosotros sonreís irónicos pensando que estoy loco,
Pero parad un segundo y meditad:
¿quién está leyendo a quién?
miércoles, 24 de agosto de 2016
¿Humanidad?
¿Hasta qué punto hemos perdido?
Que hemos dejado de mirar a las estrellas para sustituirlas por farolas,
hemos olvidado el valor de las frases hechas:
escupimos palabras importantes a gente que no merece la pena
mientras que los oídos de los más queridos
se conforman con un triste silencio.
¿Cuándo dejó la Mahou de ser una compañía 5 estrellas,
o en qué momento dejamos de saborear el tabaco
para fumar sin más?
Me faltan dedos para contar las sonrisas en un tren y mientras,
sobra con una mano para contar lágrimas de despedida en sus andenes.
¿En qué momento comenzamos a menospreciar a las mujeres
o a anteponer la religión y la raza a los Derechos Humanos?
Cuándo hemos: dejado de callar con miradas,
cambiado un hermoso rostro lleno de imperfecciones por la pantalla de un teléfono.
¿Dónde ha quedado el "ponme lo de siempre"
acompañado de lágrimas o carcajadas?
¿En qué año comenzamos a escuchar música en los cascos
en vez de cantar a gritos por las calles,
a ESCRIBIR CON TECLADO
y no manchar de sudor la esquina del pliegue de cada una de nuestras cartas?
¿Cuándo ha dejado el mundo de leer,
de escuchar las palabras del poeta,
de asistir a la música en directo de los bares?
¿Dónde hemos dejado el frac,
la bohemia, Larra, las Vanguardias,
el Espíritu Revolucionario?
¿Cuándo dejaron de ser hermanas la justicia y la ley,
la cultura y la educación,
o amante el liberal de su Libertad?
Decidme desde cuándo
la vida y la muerte son un negocio.
Decidme, por favor, dónde quedaron las fotos enmarcadas
de niños chiquitos en casa de sus padres.
¿Cuándo se cambiaron las llamadas telefónicas
por el grito ahogado en sonetos al pie de las ventanas,
o el televisor por el teatro?
¿A dónde fueron las conversaciones de arte, filosofía, literatura en las terrazas?
¿Dónde han quedado el aroma de la vela,
las tertulias nocturnas, los abrazos en la cama
sin orgasmo ni despedidas antes de tiempo.
¿Cuándo abandonó el marido la trinchera
de la Guerra Fría del lavabo,
con el As empezado por la contraportada
y los crucigramas a medio terminar?
¿Cuándo dejó la vida de ser vida
para ser servida?
¡Cuéntenme! hasta qué punto hemos dejado de vivir,
hasta qué punto hemos perdido la humanidad.
Que hemos dejado de mirar a las estrellas para sustituirlas por farolas,
hemos olvidado el valor de las frases hechas:
escupimos palabras importantes a gente que no merece la pena
mientras que los oídos de los más queridos
se conforman con un triste silencio.
¿Cuándo dejó la Mahou de ser una compañía 5 estrellas,
o en qué momento dejamos de saborear el tabaco
para fumar sin más?
Me faltan dedos para contar las sonrisas en un tren y mientras,
sobra con una mano para contar lágrimas de despedida en sus andenes.
¿En qué momento comenzamos a menospreciar a las mujeres
o a anteponer la religión y la raza a los Derechos Humanos?
Cuándo hemos: dejado de callar con miradas,
cambiado un hermoso rostro lleno de imperfecciones por la pantalla de un teléfono.
¿Dónde ha quedado el "ponme lo de siempre"
acompañado de lágrimas o carcajadas?
¿En qué año comenzamos a escuchar música en los cascos
en vez de cantar a gritos por las calles,
a ESCRIBIR CON TECLADO
y no manchar de sudor la esquina del pliegue de cada una de nuestras cartas?
¿Cuándo ha dejado el mundo de leer,
de escuchar las palabras del poeta,
de asistir a la música en directo de los bares?
¿Dónde hemos dejado el frac,
la bohemia, Larra, las Vanguardias,
el Espíritu Revolucionario?
¿Cuándo dejaron de ser hermanas la justicia y la ley,
la cultura y la educación,
o amante el liberal de su Libertad?
Decidme desde cuándo
la vida y la muerte son un negocio.
Decidme, por favor, dónde quedaron las fotos enmarcadas
de niños chiquitos en casa de sus padres.
¿Cuándo se cambiaron las llamadas telefónicas
por el grito ahogado en sonetos al pie de las ventanas,
o el televisor por el teatro?
¿A dónde fueron las conversaciones de arte, filosofía, literatura en las terrazas?
¿Dónde han quedado el aroma de la vela,
las tertulias nocturnas, los abrazos en la cama
sin orgasmo ni despedidas antes de tiempo.
¿Cuándo abandonó el marido la trinchera
de la Guerra Fría del lavabo,
con el As empezado por la contraportada
y los crucigramas a medio terminar?
¿Cuándo dejó la vida de ser vida
para ser servida?
¡Cuéntenme! hasta qué punto hemos dejado de vivir,
hasta qué punto hemos perdido la humanidad.
jueves, 19 de mayo de 2016
"a Ellas"
A ellas mis tristezas y mis noches en vela,
mis alegrías y mis sueños placenteros.
A ellas los suspiros de Pablo por Marianela
y mis tardes a solas sin Platero.
A ellas mis nostalgias y mis andares lentos,
mis olvidos momentáneos y mis rápidas corridas.
A ellas, porque sin ellas no podría escribir en estos momentos,
a ellas por todas las Odiseas vividas.
A ellas todas esas doce de la noche abrazando dos botellas,
todos esos culos de vaso, todas las mañanas de solitario frío.
A ellas porque nunca las encuentro más bellas
y a ellas porque sin ellas ya no tiene sentido si sonrío.
A ellas mis etílicos de las ocho de la tarde.
A ellas mi ansiada muerte temprana.
A ellas gracias porque cuando las veo mi corazón arde,
y así encuentro respuesta a la pregunta de si merecerá la pena vivir mañana.
A ellas pelirrojas que con sus cabellos mis sábanas incendian.
A ellas rubias que con su inocencia mi alma empañan.
A ellas morenas que con su mirada me cautivan.
A ellas tus recuerdos que, por culpa de ellas, jamás volverán,
mi todo y mi nada, pues mañana fingiré que todavía están.
A ellas melancolías y llantos como a las putas tristes de García Márquez
y a tí cartas de amor incendiadas que intento salvar con las últimas lágrimas que me dejaste.
mis alegrías y mis sueños placenteros.
A ellas los suspiros de Pablo por Marianela
y mis tardes a solas sin Platero.
A ellas mis nostalgias y mis andares lentos,
mis olvidos momentáneos y mis rápidas corridas.
A ellas, porque sin ellas no podría escribir en estos momentos,
a ellas por todas las Odiseas vividas.
A ellas todas esas doce de la noche abrazando dos botellas,
todos esos culos de vaso, todas las mañanas de solitario frío.
A ellas porque nunca las encuentro más bellas
y a ellas porque sin ellas ya no tiene sentido si sonrío.
A ellas mis etílicos de las ocho de la tarde.
A ellas mi ansiada muerte temprana.
A ellas gracias porque cuando las veo mi corazón arde,
y así encuentro respuesta a la pregunta de si merecerá la pena vivir mañana.
A ellas pelirrojas que con sus cabellos mis sábanas incendian.
A ellas rubias que con su inocencia mi alma empañan.
A ellas morenas que con su mirada me cautivan.
A ellas tus recuerdos que, por culpa de ellas, jamás volverán,
mi todo y mi nada, pues mañana fingiré que todavía están.
A ellas melancolías y llantos como a las putas tristes de García Márquez
y a tí cartas de amor incendiadas que intento salvar con las últimas lágrimas que me dejaste.
martes, 29 de marzo de 2016
"Ella era el Danubio"
Ella poseía la virtud de calmar mis
lágrimas
reflejando
un precioso tapizado color estrellas,
de clavar
sus ojos verde vidrio
en lo más
profundo de mi alma.
Ella podía
desnudarme
con las
manos metidas en los bolsillos,
mostrarme
una puerta al corazón
abierta de
par en par con cada sonrisa.
Ella me
mecía en sus laderas mientras
le acariciaba el pelo
y me dormía
con el canto de sus corrientes, ya apagado
por culpa de
aquellos que alguna vez la visitaron
pero nunca
mojaron los pies en sus orillas.
Ella no
robaba la luna del cielo ni la retenía
en el espejo
de su superficie porque no le hacía falta.
Ella era una
galaxia entera
con
estrellas, satélites y planetas propios;
y solitaria,
desierta y sin habitar,
estaba
dispuesta a entregase a aquel
que tuviera
el valor de bailar
con ella
toda la noche.
Ella besaba
con la fuerza del viento
que movía
los árboles de su ribera
y abrazaba
cálida con la energía de las luces
que Budapest
nos regalaba de madrugada.
Ella lloraba
y cuando lo hacía
subía la
marea que tapaba
las rocas
entre las que mi barco
se hallaba
encallado.
Ella cantaba
todo el Sabbath al ritmo de libertad sin fronteras,
sin kipás,
ni crucifijos en Semana Santa, ni ataques terroristas en Bruselas;
y murmuraba
entre las calles del barrio judío
en forma de
hojas resecas, quemadas por el odio.
Ella
habitaba hasta el rincón más olvidado,
era las
gotitas de humedad que quedaban atrapadas
en las
ventanas del hostal cuando hacía frío, y el calor de la melodía
en un
vientre pálido preñado de besos frente a la Ópera.
Era Tchaikovsky,
era Haendel,
era Vivaldi,...
Ella era música.
Ella nació en tierras germanas
y bajó despacito solo para venir a verme.
Era el cabello oscuro de las noches
y la rubia más bella a la mañana siguiente.
Ella continua su camino y mientras, yo espero
en la más silenciosa de las estaciones
y el eco arroja el llanto porque ella marcha
a morir al más Negro de los mares.
Ella era el Danubio,
y era hermosa,
pero no seré yo el único ni el último
lunes, 7 de marzo de 2016
"mi Afrodita"
A veces lloro,
lloro las gotas de tinta que no escribo
y cuando reprimo el llanto
mis ojos se tiñen con el oscuro del grafito.
A veces grito,
grito a oscuras y en silencio,
y cuando callo
escucho tu voz en el recuerdo de mi mente.
A veces te despeinaba en la cama
solo para que mi espejo reflejara durante unos segundos más
tu imagen a la mañana siguiente
mientras te colocabas el pelo.
A veces lo nuestro
era algo más
que cerveza y cigarrillo,
a veces...
A veces me afeito
y afeito las penas
de un corazón arrugado
y anciano.
A veces te observo,
te observo rodeada
de los actores secundarios
de lo que una vez fue nuestra obra.
A veces tu ausencia me desesperaba
y me hacía tirar piedras
contra los pájaros
que habitan en tus árboles.
A veces te buscaba entre sábanas vacías
y cuando te encontraba
contaba los lunares al descubierto
que dejaba ver el corsé que nunca te pusiste.
A veces te mentía,
mentía por placer, por compromiso;
y entonces no veía los puentes
que poco a poco cada palabra destruían.
A veces nos queríamos,
llenabas mis armarios con tus recuerdos
y cuando marchabas a la mañana siguiente
regresaba el triste olor a madera seca.
A veces, solo a veces,
el fruto de mis pasiones tenía nombre y apellido.
Los griegos la llamaban Afrodita
y yo no la llamo
porque ya te has ido.
lloro las gotas de tinta que no escribo
y cuando reprimo el llanto
mis ojos se tiñen con el oscuro del grafito.
A veces grito,
grito a oscuras y en silencio,
y cuando callo
escucho tu voz en el recuerdo de mi mente.
A veces te despeinaba en la cama
solo para que mi espejo reflejara durante unos segundos más
tu imagen a la mañana siguiente
mientras te colocabas el pelo.
A veces lo nuestro
era algo más
que cerveza y cigarrillo,
a veces...
A veces me afeito
y afeito las penas
de un corazón arrugado
y anciano.
A veces te observo,
te observo rodeada
de los actores secundarios
de lo que una vez fue nuestra obra.
A veces tu ausencia me desesperaba
y me hacía tirar piedras
contra los pájaros
que habitan en tus árboles.
A veces te buscaba entre sábanas vacías
y cuando te encontraba
contaba los lunares al descubierto
que dejaba ver el corsé que nunca te pusiste.
A veces te mentía,
mentía por placer, por compromiso;
y entonces no veía los puentes
que poco a poco cada palabra destruían.
A veces nos queríamos,
llenabas mis armarios con tus recuerdos
y cuando marchabas a la mañana siguiente
regresaba el triste olor a madera seca.
A veces, solo a veces,
el fruto de mis pasiones tenía nombre y apellido.
Los griegos la llamaban Afrodita
y yo no la llamo
porque ya te has ido.
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